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Gimnasio Nocturno.



Me había casado ya. Hace poco menos de un año tuve mi primera experiencia con otro hombre, y vaya que fue buena. Un alemán de ojos negros y de un miembro de tamaño casi imposible de alojar.

Mi esposa era grandiosa. Sus partes húmedas parecían un manjar interminable. Me encantaba hacércelo por atrás, tal como había aprendido de Adolfo (así dijo llamarse él, y la verdad es que hacía honor a su nombre como el de Hitler, parecía un nazi con ese desprecio por los demás pero sobre todo con ese hierro con el que daba muerte), mientras mi nariz y lengua intentaban hundirse hasta el fondo de su vulva.

En el gimnasio cambiamos la estrategia. Solo abriríamos 24 hrs. un mes antes del comienzo de semana santa. Todo el mundo quería reafirmar músculos en esa fecha. De modo que aunque había momentos en que el lugar estaba solo, durante el tercer turno había al menos uno. Suficiente para mí.

Como siempre yo estaba a cargo de este horario. En recepción, no era realmente necesario, y siempre me las ingeniaba para estar en el cuarto de los casilleros cuando encontraba un buen candidato. Mi esposa estaba embarazada. En poco más de tres meses nacería mi hijo y antes, queríamos tomar unas vacaciones en el extranjero. Yo también estaba poniéndome en forma.

Esta noche, después de mi rutina de hombro y brazo, estaba tomando la ducha en solitario. Entonces entró en el cuarto de casilleros un socio, era moreno oscuro y bastante bien desarrollado. Vestía formalmente. Desabotonó su camisa de manga larga. Se quitó sus botas cafés y sentado como estaba en la banca que está junto a la puerta, bajó sus pantalones. Para mi sorpresa este ingeniero, que por lo que sabía era de la costa, no usaba calzoncillos. El espectáculo era curioso, abajo nada y arriba su camisa hasta las muñecas. Esta, que estaba abierta, dejaba ver su pecho. Estaba limpio. Él era lampiño. Sus genitales no estaban de acuerdo. Alrededor de su pene no estaba formado el clásico triángulo invertido, sino un bosque redondo de rizados cabellos negros. Su miembro, como sus bolas parecían pertenecer a un negro. Eran de color bastante más oscuro. Entonces se levantó. Retiró su camisa y sus calcetines y caminó hacia mí.

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Sus pezones, negruzcos como sus genitales, tenían encima unos cuantos cabellos ondulados. El ancho de su espalda contrastaba con lo angosto de sus caderas. Entonces noté que estaba borracho. Tal vez venía de una fiesta, eso explicaba su ropa bastante formal. A pesar de esto, mantenía control sobre sí. Tomó la regadera justo junto a la mía y comenzó a mojarse. Tenía su perfil ante mí. Aproveché su situación. Sabía que no me notaría en su estado y seguí mi estudio.

Tendría unos 29, 5 años más que yo. Como era robusto, su cuerpo parecía tener más. De su vientre caía un gran cuerpo. Como de 11 o 12cm. por tal vez unos 4cms. de ancho durmiendo. No caía exactamente hacia abajo. Ligeramente apuntaba hacia adelante y su circuncisión lo descubría todo. Sus bolas, también prominentes, ayudaban a que esto pasara. Su abdomen bajo no era plano, parecía de un negro, tenía una curva como la de su espalda, como si estuviera inflamado por el gas. Aun así lucía rico su cuerpo. Él estaba refrescándose. Llevaba sus manos por debajo de su genital y, como si estuviera masturbándose, lo jalaba hacia su vientre, descubriendo tras de su cabeza, su doblez bien formado y haciendo que se encorbara aún más hacia abajo. Noté que empezaba a crecer.

Él estaba suficientemente sobrio para notarlo también, así que me dio la espalda. Sus nalgas, a pesar de que no eran prominentes, tenían una forma decente. Casi no podía ver entre ellas y me preguntaba cómo sería. Velludo supuse. Terminé de admirarle por detrás y queriendo verle por delante de nuevo, extendí hacia él mi mano con el jabón.

--¿Quieres? -le dije. Al hacerlo, resbaló de mi mano el jabón, en ese momento él giró sobre su tronco, si dejar de excitarse. El jabón pasó entre sus pies.

Sin moverse de lugar se detuvo.

-Gracias, aunque no exactamente pensaba tomar una ducha -respondió mientras se doblaba hacia abajo sin flexionar sus piernas. El jabón quedó a un paso adelante de él.

Pude comprobar su elasticidad. Agachado como estaba, me miró entre sus piernas; o no a mí, más bien a mis genitales, mientras tomaba el jabón con su mano derecha. Con su izquierda aún sujetaba su miembro que asomaba ligeramente presionando sus bolas.

Me equivoqué. Pensé que estaría más borracho. Fue solo un instante el que compartimos escenarios. Ante mí tenía un ano bien formado. Negruzco como sus partes delicadas, rodeado de abundante y rizado cabello negro quo no solo lo rodeaba, sino que se extendía a lo largo de su hendidura. Era como una boca vertical de terciopelo que me sonreía.

Y yo le estaba correspondiendo. Mi miembro comenzaba a desencapucharse, aún no se erguía pero sí se había alargado, alcanzando tal vez sus 13cm. mientras mis bolas peludas estaban ya retraidas.

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No tardó mucho tiempo en estar poco menos que horizontal. Empezaba a endurecer. Él ya estaba de pie, y me miraba con interés. Era unos 15cm mas bajo que yo. Entonces me asusté. Me volví repentinamente hacía el lado opuesto y en un intento por tranquilizarme quise pensar en otra cosa. Pero en qué. No se me ocurría nada. Entonces perdí. Recordé a aquel alemán con el que compartí el cuarto de masaje. Mi verga terminó por erguirse. Ya no pude hacer nada. Quería esconderme. Entonces me toco.

Lo hizo suavemente con la punta de los dedos de su mano derecha. Estaba tocando justo la unión de mi nalga izquierda con mi muslo. Mi pene estaba tieso y un sin fin de venas lo había cubierto. No quería que se detuviera.

-Si no me equivoco tú también eres casado -dijo mientras deslizaba su mano del mismo modo hacia el centro de mi trasero.

Me volví contestándole con la mirada. Era bastante más fuerte que yo. Me sujetó con ambas manos por mis nalgas y me jaló hacia él.

-Vayamos a uno de mis departamentos.

Me pareció muy comprometedor y me negué. Le ofrecí el cuarto de masaje. Ya había comprobado que no estaba nada mal.

Aceptó. Tomo sus cosas mientras yo me envolvía con una toalla la cintura. Me adelanté y abrí la puerta. Entró desnudo con sus cosas en las manos. Su miembro estaba ya chorreando las mieles transparentes.

Desesperadamente caminé hacia él arrojando la toalla a un lado. Él se había recostado en la mesa tomando la posición de parto. Me esperaba.

Cuando me disponía a clavarlo, a espaldas mías escuchamos ruidos. Algún socio estaría llegando a los casilleros.

-¡La puerta! -me dijo notando que había olvidado cerrarla.

Corrí hacia ella. Mi verga con dificultad subía y bajaba a cada uno de mis pasos, estaba demasiado firme. Cuando cerraba la puerta vi al socio. Tendría tal vez 19, y era muy atractivo. Lo había observado antes en las regaderas. También estaba bien provisto. Al asomarme él alcanzó a verme. Creo que me vio en mi estado febril porque se sorprendió un poco. Su nombre era Antonio. Dudo que haya alcanzado a ver al moreno. Y de lo que pensó cuando me vio. No lo sé... Tal vez pudo adivinar algo.

Dejé de pensar en ello. Al fin y al cabo nos vimos solo un segundo. El moreno, cuyo vientre lampiño tenía ya una gota de su líquido preseminal, me esperaba masajeando sus nalgas y verga.

Volvió a levantar sus piernas. Lo tomé de los muslos. Doblé más sus piernas y, moviendo mi vientre arriba y abajo unté la miel que le brotaba en su ranura de terciopelo. Veía como apretaba y aflojaba su ano al pasarle mi punta y me excitaba más.

Tomó de su maletín, que tenía por un lado, un condón y extendió su mano.

-No lo necesito. Prefiero así.

Una vez más no me importaba. Prefería las cosas al natural.

-¿No quieres que te afeite? -le dije mientras se formaba en mi rostro una sonrisa pícara. Él no entendió, pero no le importó.

-Hazlo ya. Adentro.

Estaba desesperado y me aprovecharía.

Me hinqué ante él. Apoyó sus pies en las esquinas de la mesa y jugué mis dedos en su ano, aunque no podía esperar más.

El tampoco. Golpeando con su palma el colchón, me dijo.

-Ven aquí.

Yo asumí que trabajaríamos juntos y acomodé mi caña sobre su cara. Él comenzó el trabajo de inmediato. Mordía, besaba, desgarraba y chupaba mi barra una y otra vez con desesperación. Y lo notaba más y más desesperado. Yo estaba disfrutando y esperando sobre mis cuatro extremidades arriba de él.

Lo estaba matando de desesperación, así que como pudo, salió de debajo de mí y miró mi trasero. Con sus labios atrapó los bellos de mi ano, tirando de ellos. Intentó meter por él su lengua sin éxito. Así que tiró de mis piernas con rudeza y caí con mi vientre sobre la mesa. Recargué mi pecho mientras me recuperaba del azote que recibió mi miembro. Él se encargó de separarme de las piernas y con dos dedos abrió mis nalgas.

Sentí la punta de su miembro buscar el camino. Lentamente introdujo sus tal vez 20 por 5cms. Él tampoco quiso condón. Su barra a pesar de que no era muy ancha, lo parecía. En vez de ser como son comúnmente, ovalada, esta más bien parecía un cilindro. Bastante buena.

Como decía, de color oscuro y por ella corrían, como raíces en la tierra, miles de venas verdosas. La cabeza parecía de un anzuelo, era puntiaguda y parecía que terminaba en gancho. Sentía verdadero placer con su movimiento de vaivén.

Lo hizo una y otra vez durante algunos minutos. Ahora era yo quien empezaba a desesperarse. El no pudo detenerse y se vino dentro de mí. Gritó. Nadie podía oírnos. Afuera, el sonido era bastante alto. Me di la vuelta y esperé consumirle todo su cargamento. Para mi sorpresa, su enrojecido miembro arrojó otros tres volúmenes de blanca y viscosa leche amarga. La saboree mientras él me retiraba de su camino. Asumió la misma postura anterior. Él quería verme en acción. Su falo seguía rígido y palpitante.

Comencé. Mi vástago no estaba tan bien dotado, pero casi apuntaba al techo

Gracias a esto, la cabeza friccionaba la cara interior de su recto. Parecía sentir una mezcla de placer con un poco de dolor. Me excitaba aun más. Mi barra brillaba cuando la descubría su pozo. De vez en vez me flexionaba alcanzando a succionar de su caña ese sabor transparente que comenzaba a brotar otra vez. Con mis manos buscaba sus nalgas y las acariciaba. Sentía sus muslos velludos una y otra vez, mientras entraba y salía.

Él cada vez parecía no tolerar más esto. Como si mi cosa estuviera engruesando más cada vez. Fruncía el entrecejo y su nariz, y descubría sus dientes cada que clavaba los 18cms. que contaba mi estaca.

Perdí el control, y comencé a acelerarme. Más y más rápido y más y más duro.

-¡Afuera! - Alcancé a escucharle.

Nunca había arrojado tanto. Serían tal vez 12 o 15 derrames que alcanzaban a bañar su cara. Su boca buscaba atraparlos mientras él se venía otra vez.

Por supuesto no desaproveché eso. Yo también busqué su porción, que ingerí casi completa.

Él terminó por untarse el resto en su pecho, introduciendo por último su dedo índice en mi ano solo una vez.

Quería tomar una última ducha. Se lo impedí diciendo que podrían deducir lo que había pasado. Se vistió a la inversa de como se había desnudado y yo lo despedí por la puerta trasera con un apretón de manos mientras con la otra, él tocaba mi flacidez. Y se alejó diciendo:

-¡Excelente!

-¡Excelente! -repetí para mi.

Estaba bajo la luz del marco de la puerta. Distinguía su silueta formada por las luces de los carros. Serían la 4. Estaba oscuro todavía y no me importaba exhibirme desnudo en el callejón.

Esperé un poco adentro. Estaba como un salchichón, flácida y larga. No podía encoger. No había ropa en el cuarto y no quise usar la toalla. Decidí salir así. Tomaría una ducha de agua fría. En eso estaba cuando entró Antonio. No pudo disimular al ver nuevamente ese enrojecido trozo de carne colgante. Mi miembro tendría unos 14cms. todavía, no los 7 que debería.

Se sentó de frente a mí en la banca, se quitó sus shorts, y su playera de tirantes. Seguramente había hecho brazo, ya que estos estaban hinchados. Terminó por sus zapatos deportivos y calcetines y comenzó a ducharse junto a mí.

De vez en vez me miraba. Su miembro comenzó a levantarse y me dio la espalda para esconderse. Estando admirando su trasero, mejor que el del moreno, se estremeció cuando lo toqué.

-¿Quieres jabón...?

ralph.

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