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VERANO
Y SEXO
Después de casarme como Dios manda, mis primeras vacaciones, a petición de mi recién estrenada mujer, discurrieron en la finca que mis suegros, maravillosa gente, poseen en la Sierra de Gredos. En aquella tranquilidad campestre, mis actividades eróticas se reducían a dar placer sexual a mi esposa durante casi todas las noches y también durante alguna que otra siesta y a recibirlo yo de ella igualmente. Todo muy sano. Todo muy conservador. Todo casi perfecto. Pero ¡Qué cosas sucede en la vida! Cierta mañana todo cambió, porque el diablo que se aburría, comenzó a mover su cola: Aconteció que me disponía yo a dar un paseo por los olivares de la zona para, más tarde, acercarme al río que bañaba todos aquellos campos, cuando al salir por el patio de caballos correspondiente al caserón donde vivíamos, me pareció observar que desde un enorme pilón que había rebosante de agua, una aldeana me hacía señas, pidiéndome que me aproximara a ella. Supuse, desde lejos, que la mujer trataba de introducirse en el agua, pues se encontraba a medio desnudar, con los pechos casi al aire y las sayas levantadas. -- Nada tema, señor -me gritó- ningún mal voy a hacerle. Sólo quiero que me ayude a encaramarme sobre el borde del pilón para poder tomar un buen baño. Con las debidas precauciones, me aproximé. -- Soy la mujer del mozo de cuadras y hoy he tenido que sustituir, en su trabajo, a mi marido, porque él se encuentra enfermo y enferma me voy a poner yo a consecuencia de este calor de justicia que hace. Además he sudado mucho, por eso necesito limpiarme un poco al mismo tiempo que me refresco. El pilón es demasiado alto. ¿Me ayuda usted a subirme para meterme en el agua? -- Con mucho gusto, mujer. A pesar de su desaliño, observé que se trataba de una mujer hermosa, de belleza notoriamente cuajada y de abundantes carnes. Con la falda remangada, alzó su pierna para encaramarse al pilón, y de ese modo no tuvo más remedio que mostrarme toda su entrepierna, el bosque que en ella había y los labios gruesos y sonrosados de su coño. -- ¿No le apetece disfrutar de este baño conmigo? Volví a mirarla fijamente y confirmé que se trataba de una sabrosa hembra, de pechos abundantes, caderas redondas y muslos largos, de entre los que nacía una hermosa mata de pelo negro. Terminó de desnudarse y yo, sin poder pensar, debido a mi cachondez, que alguien de la familia pudiera descubrirme, me desnudé igualmente y ya con mi miembro enardecido, me introduje a la vez que ella en el agua fresquísima del pilón. Con la excusa de ayudarla en su limpieza, pasé mi mano por su jardín, por su culo y por sus tetas. Agradeció ella mi gesto y en justa correspondencia, restregó con sus manos toda mi virilidad, hurgándome en el ano para limpiarme -dijo- también a mí. Después utilizó el cepillo de su pubis a fin de completar el aseo de todo mi cuerpo y se me abrazó en busca de mi boca y de mi lengua que le ofrecí sin tacañería alguna. Luego, con sus hábiles manos, colocó mi verga a la entrada de su cueva. Sólo tuve que empujar un poco y enseguida estuve dentro de ella. Al parecer, el mozo de cuadras debía follarla poco, pues al entrar en su cuerpo, noté perfectamente sus enormes ansias de polla. Sumergidos en el pilón, follamos con absoluta facilidad. Mi verga entraba y salía de su vagina vertiginosamente gracias a la colaboración del agua fresca en sus constantes empellones y deslizamientos. Nos corrimos abundantemente y a la vez. Ella gritó mucho y tuve que tapar su boca para que no la oyeran desde dentro de la casa. Yo lo hice en silencio, pero retorciéndome de placer. Completamos nuestro baño y mientras yo abandonaba el agua para vestirme rápido y continuar mi camino, ella nadó tranquila y, sonriéndome inefablemente, me dijo adiós.Salí al campo presuroso, caminé entre los olivos, recapacitando sobre cuanto me había acontecido y comenzando casi a arrepentirme de haber engañado a mi mujer. Pero... El Diablo continuaba moviendo su rabo, pues, cuando me disponía a descansar a la sombra de un frondoso nogal, descubrí a la criatura más angelical del mundo, con las bragas en los tobillos y dispuesta a agacharse, supuse, que para mear. Se trataba de la sobrina del cura, la joven más excitante y bella del pueblo y en la que más de una vez me había fijado yo. De nuevo, mi verga cobró vida. El espectáculo no podía ser más alucinante. Vi su coño florido y sus muslos blancos y me cegué de tal manera que no pude evitar plantarme delante de ella con la polla al aire y absolutamente levantada, dispuesto a que me armara un escándalo o a que se sometiera a mis apetencias por su propia voluntad. La joven, de pronto, me miró sorprendida, sin saber cómo reaccionar, contempló mi polla extasiada -creo yo- que muy extasiada y sin decir palabra alguna, se tumbó sobre el césped, invitándome a que yo lo hiciera sobre ella. Acepté gustoso su invitación y al sentir bajo mi cuerpo todo el calor del suyo, comencé a restregar mi verga por todo él. La abracé apasionadamente y busqué su boca sonrosada y fresca que me abrió enseguida para enseguida enroscar su lengua con la mía. Comencé a penetrarla con suavidad, poquito a poco. El camino era angosto y casi sin utilizar. Gimió la criatura placenteramente y eso me animó a empujar un poco más fuerte. Alcé mi cabeza para contemplar su rostro y vi que tenía los ojos cerrados, la sonrisa distraída y que babeaba un poco. Se aferró la criatura a mis nalgas empujando y apretando para que yo la penetrara más y más. Rodamos por la hierba, nos mordimos y nos arañamos, hasta que un espasmo repetido y febril consiguió derrotarnos. Jadeamos juntos durante bastante rato y volvimos a la realidad. Mientras componía su cabello y sus vestidos, me dijo con vocecita de ángel y sonrisa de demonio: "Mañana volveré por aquí ¿acaso podrás venir tú?” Volví al día siguiente y otros muchos días más. Pero el verano terminó y tuve que dejar aquel lugar de descanso y de placer con la pena en el corazón, pero con la satisfacción en todo el cuerpo. Lucas San Juan - Cádiz - 30 años-casado |